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[Extranjeros en Morelos] Un cuento con el zócalo de Cuernavaca de fondo – El Sol de Cuernavaca

La escritora estadunidense Hildegard Albrecht vivió en México 50 años y murió en Cuernavaca a principios del siglo XXI. Estuvo casada, hasta enviudar, con el periodista y escritor mexicano Arturo Sotomayor.

Escribió numerosos libros de cuentos y relatos. Leamos de Hilde este cuento morelense: Genoveva: protagonista involuntaria, de 1998:

Eran pasaditas las cuatro de la tarde. El Zócalo de Cuernavaca pronto mostraría el bullicio típico de sus atardeceres con un rico despliegue de vendedores, mercancías, compradores y paseantes”.

Genoveva, al llegar al jardín, aún encontró una banca desocupada que pronto tendría sombra y con vista al Quiosco. Se sentó con decisión y con algo de la rigidez ya propia de su personalidad. Sacó lápiz y papel de un reluciente morral de dibujos y colores ‘étnicos’, y mecánicamente apretó con su brazo la bolsa de mano, -esa sí un poco más usada-, que colgaba de su hombro izquierdo. Se acomodó dispuesta a permanecer el tiempo necesario para lograr su propósito; el de cumplir con la tarea que había dejado su maestra en días pasados; tarea que aún no había podido comenzar. Se dispuso a pasar un buen rato precisamente atendiendo a su entorno“.

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Genoveva realmente no tenía inclinación especial hacia las letras y para su propia sorpresa se había inscrito en un taller de literatura; quizá convencida que ya era hora de hacer algo para propiciar algún acontecimiento inesperado, alguna aventura insólita, algún hecho trascendente, lo que seguramente hallaría muy pronto a la vuelta de la próxima esquina”.

Un mundo de colores entró en sus ojos. Escuchó el sin fin de sonidos que la envolvían. Registraba las ráfagas de olores que llegaron a su pequeña nariz. Y se encontraba dispuesta a sumergirse voluntariamente, por simple disciplina, en ese mundo de gente que nada tenía que ver con su vida, vida en permanente suspenso. Intentó entablar conversación con quienes casualmente llegaron a invadir su espacio al compartir con ella por un momento la dura banca del jardín central. Pero pronto desistió”.

Comprobó que de ningún modo hablaban el mismo idioma: unos eran turistas del extranjero, otros eran matlatzincas y otros eran habitantes del mundo de la pobreza absoluta, cuyas fronteras, Genoveva, jamás había cruzado. También hubo niños, aun habitantes de la infancia: un mundo que, desde hacía más de 25 años, había dejado de existir para ella”.

Por último, llegó a sentarse a su lado un joven con mirada tan torva, que Genoveva optó por darle la espalda y clavar sus ojos en una riña que sorpresivamente surgió casi al alcance de sus manos, entre dos muchachas ‘del pueblo’. Tal como se inició la riña, cesó de súbito el conflicto y se encontró nuevamente sola, cansada y aburrida en su banca. Con un suspiro y un gesto de resignación guardó lápiz y papel en su llamativo morral nuevo, afianzó la bolsa que permanecía colgada de su hombro, se incorporó para dirigirse a un puesto de periódicos donde escogería alguna revista cursi, propiciadora de sueños, que pronto descubriría no poder pagar. De lejos pudo verse el tremendo boquete que habían hecho en su bolsa de mano para sustraerle su monedero, en el momento preciso en que estuvo atenta a la improvisada riña”.

Ya eran pasaditas de las ocho cuando se encaminó a su casa. Pronto invadirían los amplios laureles del jardín aquellas oleadas de pájaros color de noche que tras un acostumbrado rato de ruidosos y prolongados acomodos y reacomodos allí pernoctan acogidos en un largo abrazo verde”.

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