Ibsen se habría vuelto loco escribiendo Un Enemigo del Pueblo en el México gobernado por Andrés Manuel López Obrador.
En los cinco actos de una de sus piezas teatrales más reconocidas, el dramaturgo plantea el drama de un doctor que descubre la contaminación del agua por una bacteria que pone en peligro a todo un pueblo, acude a denunciarlo y dada la preocupación que despierta en algunos de los pobladores, el gobernante, sus medios de comunicación y empresarios aliados se unen para acusarlo de ser enemigo del pueblo (no profundizamos más para no arruinar la sorpresa a quienes no conozcan la puesta en escena). El argumento es sencillo porque Ibsen considera un pueblo pequeño en que un hombre se enfrenta a los poderes y es derrotado hasta el extremo de volverse totalmente libre. Un hombre y su familia contra el poder permite una narrativa que identifica claramente dos bandos, el médico del lado de la razón convertido en el héroe contra los intereses del poder irracional.
Si el dramaturgo noruego hubiera estado en las conferencias de prensa mañaneras de López Obrador y tenido algún conocimiento rudimentario del Estado mexicano, seguramente sonreiría. Porque cuando López Obrador utiliza todo el poder simbólico de la Presidencia de la República para culpar a instituciones como los órganos electorales, la Suprema Corte de Justicia de la Nación, el Consejo de la Judicatura, hace prácticamente lo que hace el alcalde de Ibsen en los cinco actos de su drama. Desde el poder enfrenta a quienes amenazan sus intereses aún cuando representan la razón política bajo dos profundas falacias, la de la transferencia del poder y la del gasto que significa actuar para proteger los derechos de las personas. “…He demostrado que la denuncia del doctor, además de constituir un gesto hostil contra las personas que están en el poder, no traerá otra consecuencia práctica que la de obligar a los contribuyentes a un gasto inútil de más de cien mil coronas”, hace decir Ibsen al alcalde de su obra.
A diferencia de la obra de Ibsen, y aquí probablemente se complicaría su trama, el presidente no ataca sólo a personas, sino a instituciones; y unas y otras tienen un respaldo ciudadano relevante. Apenas quienes respaldan absolutamente y a pesar de cualquier evidencia en contra el discurso lopezobradorista y todas sus andanadas, son capaces de insistir en sugerir que las instituciones dedicadas a proteger la democracia y la justicia y aquellos que ejercen libremente su derecho de informar y opinar en disenso con el régimen resultan enemigos del pueblo.
La obra de Ibsen fue publicada a finales de 1882, eso y su desarrollo en una aldea de apenas unos cientos de habitantes son la más afortunada diferencia con el México actual, donde la abundancia de opiniones y de medios de comunicación, y la presencia de instituciones con suficiente solidez para evitar muchos de los abusos del poder, permiten que los estigmatizados como “enemigos del pueblo” sean muchos más y en muchos espacios constituyan una mayoría, como la que aprueba al Instituto Nacional Electoral, la que prefiere vivir en democracia, la que prefiere informarse por medios alternos a la visión oficial del gobierno (cualquiera que éste sea), la que considera que los derechos de la ciudadanía deben ampliarse más que restringirse.
Lástima que haya quienes se han quedado viviendo en una idea decimonónica de Estado, como el que denunció Ibsen en su puesta en escena.
* * *
Mirna Zavala, la diputada más fiel al gobernador Cuautémoc Blanco, decidió aniquilar la fracción parlamentaria del Partido Encuentro Social en el Congreso del estado. No se trata tanto de una reacción a las declaraciones del líder del partido, Hugo Eric Flores Cervantes, como de un movimiento estratégico que busca fortalecer al grupo de apenas tres diputados de Morena aliados a Cuauh. El movimiento haría que el Morena de Ulises Bravo y Cuauhtémoc Blanco tuviera cuatro diputados, el mismo número que tendría su contraparte, la Morena anti Ulises y Cuauhtémoc en el Congreso. Claro, la incorporación de Mirna Zavala a Morena tendría que considerarse en los mismos términos que la del ex priista Alberto Sánchez Ortega.
Mientras tanto, los morenistas aliados al gobernador en el Legislativo mantienen la andanada de recursos legales que detienen la marcha en la cámara y denuncian todos los días parálisis legislativa.
En ese panorama, la representación de Morena en el Congreso de Morelos sigue prácticamente anulada y el diálogo aún luce imposible.
dmartinez@elsoldecuernavaca.com.mx