Las últimas cuatro semanas publiqué en esta columna una especie de crónica en la que narré a través de mis ojos el contraste entre personas que viven cerca, pero a años luz de entenderse. Una historia que estuvo muy cercana a mi corazón, quien tomó la rienda y lo escribió solito. Ahora tengo que buscar llenar el vacío que deja ese proyecto, porque no quiero encasillarme en un solo tipo de narrativa. Sería muy fácil seguir buscando historias dignas de la Rosa de Guadalupe y apostarle al ojo lloroso, pero no va por ahí. Crear emociones para generar empatía es peligroso.
Vivimos en un mundo en el que todos, desde los más pobres hasta los más ricos, tenemos acceso relativamente sencillo a la información. El privilegio ya no es tenerla, si no poder usarla a tu favor. Cuando tenemos esa información lo primero que hacemos a nivel individual es formar opiniones. Esas opiniones son un arma de doble filo. Las necesitamos, porque con las opiniones vienen las emociones. Esas emociones nos mueven a la acción. A principios del siglo pasado, las empresas aprendieron a usar nuestras emociones para movernos a comprar, consumir. Despuesito, con ese ejemplo, los políticos aprendieron a jugar con nuestras emociones para que votáramos. La Democracia se volvió una competencia por ver quien mueve más emociones.
La estrategia varió un poco, pero sigue siendo la misma idea: antes solo se comunicaba la información mínima esencial para influenciar esas emociones a favor del que paga. Ahora, como la información está ahí disponible, la estrategia es inundar al recipiente con la mayor cantidad de información a favor del que la está pagando. Colas de camión, espectaculares, revistas y entrevistas falsas, la lista solo crece. No es lo único que ha crecido, el precio de participar en la democracia ha crecido a la par: exponencialmente. No todos se pueden dar el lujo de participar. Hacer el esfuerzo por conocer las diferentes realidades es un esfuerzo por no depender de la información manipulada y restarle poder al privilegio.
Hoy en día en las noticias es difícil pasar de la guerra entre bandos, la cuatroté vs. la oposición. Tú decides que lado tomas, pero inclusive eso está fuertemente influenciado por los que pagan. Si no me crees, metete al buscador de confianza que usas en el teléfono, pon una letra y dime si no te ofrece, con esa sola letra, varias opciones que te son familiares. Mientras tanto entre ese mar de información se ocultan las verdaderas noticias, como las denuncias ciudadanas, los problemas comunitarios y los abusos de servidores públicos.
La culpa no es de nadie, pero es de todos. Los hábitos de consumo ya no los vamos a cambiar. Lo que si podemos cambiar es el nivel de confianza que le ponemos y la cantidad de tiempo que le dedicamos a consumir emociones fabricadas, al contrario de construir esas emociones en persona. Un poco como nos quejamos de los niños de hoy que no pasan tiempo en la calle por estar en los videojuegos. Deja de pasar tanto tiempo en el teléfono viendo entrevistas a tu celebridad favorita y sal a entrevistar a tu vecino.
La capacidad de empatía la tenemos todos, solo hay que trabajarla como si fuera un musculo. Ese six-pack no se logra tirado en el sofá. Si bien la culpa no es tuya, la responsabilidad de hacer algo al respecto sí.