Se puede leer en “el arte de la guerra” que “la mejor victoria es la de vencer sin combatir”, y aunque no voy a negar que es una frase que suena inspiradora y por demás pacifista, me parece que el autor (Sun Tzu) no vivía en esta época, ni en este país. Tampoco lo gobernaba un futbolista, pues.
¿Por qué empecé hablándoles de guerra en tiempos en los que lo que pedimos a gritos es paz? Es simple; aunque nos cueste admitirlo, en este país y particularmente en nuestro estado, el estado de alerta que guardan la seguridad y la integridad de las mujeres es apremiante, alarmante y por demás desgarrador. Porque además de que podríamos irnos por el lugar común de hablar sobre la estadística de feminicidios, existen otras muchas violencias que afectan a las mujeres e impactan negativamente en su desarrollo. Así que, aunque quisiéramos que la paz y las libertades fueran la constante en Morelos, el ambiente es otro, y poner el dedo en la llaga es fundamental para visibilizar un problema que solo así podemos empezar a combatir de verdad.
No es cosa menor que Morelos ocupe el segundo lugar nacional en feminicidios, y mucho menos que bajo esta situación se sigan evadiendo las responsabilidades institucionales, o peor aún, que de manera sistemática se re victimice a quienes forman parte de esta triste estadística.
Mucho ya se ha escrito sobre la ola de violencias en el estado, pero poco se dice de la inoperancia de las instituciones, mucho menos de la impunidad con la que redes específicamente dedicadas a vulnerar los derechos humanos de las mujeres operan amparadas en la indolencia que nace de quienes toman las decisiones.
Para muestra, basta con ver las múltiples manifestaciones que durante este año se han dado en la entidad para reclamar justicia para casos específicos de mujeres asesinadas o desaparecidas, a las que ni el gobierno estatal ni la fiscalía han dado respuesta. La cifra negra de feminicidios con la que cerramos el primer semestre del año asciende a 52 y crece semana con semana, sin que hasta el momento se haya coordinado ya una estrategia de prevención y seguridad para proteger la vida de niñas, adolescentes y mujeres que cada día corren más riesgos.
Recordemos como deshonroso ejemplo el caso de Evelyn Afiune, una joven mujer que encontró la muerte en manos de una red de trata de personas que opera presuntamente en la región oriente de la entidad y engancha a sus víctimas a través de redes sociales. Es por eso que no podemos abordar las violencias feminicidas desde una visión tan acotada como la estadística, porque el proceso de las violencias recorre mucho más que las últimas horas de una víctima.
En 2019, el gobierno federal anunció con bombo y platillo un programa de prevención y erradicación de las violencias feminicidas y atención a las víctimas, en medio de una ola de reclamos por parte de la sociedad civil organizada que se atendió en el papel, pero nunca en la operatividad, y ni qué decir desde la voluntad política. Cuando les digo que no siempre se puede vencer sin combatir me refiero en sí, a entender la carga patriarcal que pesa sobre las instituciones y que se recrudece con gobernantes que no dimensionan la realidad que enfrentamos las mujeres y que ven en los escenarios más crudos las justificaciones más absurdas.
La visión que tienen el habitante de Palacio Nacional y quien habita casa de gobierno en Morelos es similar: lo que nos sucede a las mujeres es culpa nuestra, o en el mejor de los escenarios lo limitan a casos aislados, aún cuando la realidad les pega en la cara. Porque no podemos aislar ningún caso de violencia mientras quienes ostentan el poder la ejercen desde las instituciones.
La primera batalla de este combate la hemos perdido, porque hemos puesto en los espacios de decisión a quienes aún conciben como “normales” los estereotipos de género y anteponen su ideología misógina a la realidad. Ni Andrés Manuel López Obrador ha podido dejar de lado sus ideas personales sobre el rol de las mujeres, ni Cuauhtémoc Blanco ha entendido de qué va gobernar para todas las personas.
Parecería que la única batalla que se está dando corre desde el frente de la sociedad civil que ni con toda la artillería podría desmantelar las vallas del ejército patriarcal que rodean al poder en México y en Morelos; mientras tanto, 11 mujeres son asesinadas cada día en este país. Morelos no es ajeno a esta cifra del terror, su gobierno sí.
Cuando hablamos de violencias contra las mujeres olvidamos que siguen siendo crímenes de odio y que el discurso que se pronuncia desde la escena pública, educa y se inserta en el imaginario. Es así que Andrés Manuel López Obrador y Cuauhtémoc Blanco sí son responsables directos de las violencias feminicidas, porque promueven antivalores que los movimientos de mujeres hemos luchado por erradicar décadas enteras.
También dijo Sun Tzu que “la oportunidad de asegurarnos contra la derrota está en nuestras propias manos, pero la oportunidad de derrotar al enemigo la provee él mismo” y no me queda duda que la situación en la que hoy nos tienen quienes gobiernan tendrá repercusiones más tarde, pero hoy, lo que supone un riesgo es seguir bajo el mismo mando y la misma lógica.
Que sean pues el movimiento feminista, las mujeres tejiendo redes y el hartazgo social los que detonen la siguiente batalla, porque o combatimos o terminamos por involucionar. Las instituciones juegan un papel determinante que de ninguna manera podemos permitir que se siga viciando. Falta mucho para elegir de nuevo, mientras tanto ¿Qué quemamos?…
Pd: Se trata de reflexionar, incidir y actuar, porque ni Evelyn, ni Ingrid ni Valeria van a volver, pero lo que si podemos luchar es que vuelvan la dignidad, la justicia y la libertad.