Más temprano en la administración de Cuauhtémoc Blanco, los morenistas acostumbrados al autoritarismo o verticalidad en la toma de decisiones, apostaban a las visitas del presidente Andrés Manuel López Obrador, con la esperanza de que el líder de su movimiento pusiera en orden con una o dos instrucciones los conflictos internos que acostumbran vivir. Poco a poco esa idea se fue diluyendo. Hoy todo indica que las visitas del presidente tienen un nulo efecto en los conflictos internos de Morena, acaso en algunas ocasiones han servido para enrarecer aún más el ambiente en un partido al que muchos ven como la oportunidad más sencilla de continuar en la política a pesar de la mediocridad de sus carreras.
Así que la visita presidencial del domingo en Morelos no tuvo relevancia política alguna para quienes en el partido disputan cada espacio de control hasta llegar a un empate técnico que mantiene la vida pública de los lopezobradoristas de cepa y conversos como una suerte de boxeo de sombra, muchos amagues y nula contundencia. En su versión morelense, el partido del presidente se ha anulado a sí mismo en términos de efectividad. Las disputas que han tenido desde la toma del partido operada por el grupo del gobernador y la defensa con poca estrategia emprendida por sus adversarios internos dejaron un empate que no permite mucho movimiento. La escena más evidente es la pugna por la fracción parlamentaria del partido en el Congreso en que los diputados tuvieron que recurrir al refuerzo de sus filas para, de cualquier forma, quedar cuatro de un lado y cuatro del otro.
Si López Obrador sabe de la situación en Morelos, llama la atención que no haya siquiera un mensaje respecto de la unidad; a no ser que las instrucciones del mandatario se traduzcan en las declaraciones del dirigente nacional, Mario Delgado, que se ha decantado muy rápido a favor de Ulises Bravo y su hermano, el gobernador Cuauhtémoc Blanco, olvidando a quienes construyeron el partido en el estado y son lopezobradoristas desde hace más de una década. En tal caso, Lucía Meza, Margarita González, Rabindranath Salazar, Juan Ángel Flores, Rafael Reyes, seguirían marginados absolutamente del partido y con ello construir una candidatura les resultaría mucho más afanoso. Pero también estarían en esa suerte de suspensión ignominiosa Paola Cruz, Macrina Vallejo y Alejandro Martínez y decenas de regidores y militantes partidistas que han sido críticos de la forma de actuar del Ejecutivo estatal; y hasta quienes sospechan de quienes se han afiliado recientemente al partido porque como dice Leonardo Sciascia: “los que no me inspiran simpatía son los conversos: el que se convierte siempre se convierte a lo peor, aunque parezca lo mejor. Lo peor, en quien es capaz de convertirse, siempre acaba siendo lo peor de lo peor”.
Puede ser también que la apuesta de López Obrador sea a, del ambiente enrarecido, levantar la mano a quien finalmente pueda construir una mayoría entre grupos francamente trabados. Lo que explicaría el afán de los bloques por incorporar nuevas huestes a sus filas en un aparente olvido de que Morena no es la única opción política en el país. Porque el empate que podrían presumir cualquiera de los bandos de Morena significa, en términos reales, la mitad de la minoría que logró el partido en la elección del 2021 y que parece desgastarse más para la local del 2024. Traducido en proporciones, si Morena junto logró poco más del 21% de los votos, lo que pelea cada uno de los bloques internos representaría alrededor del 10% de los electores efectivos y no, como suponen, el total del 40% de intención de voto que calculan para el 2024 las encuestas que les resultan más favorables. A lo mejor por eso al bloque de cinco diputados afines al gobernador en el Congreso (sólo cuatro de ellos en Morena) no les alcanza ni para frenar las iniciativas que impulsa el grupo opositor que incluye a los otros cuatro diputados de su partido.
Hay dos escenarios en los que Morena podría perder sonoramente las elecciones del 2024 en Morelos; el primero supone la persistencia de la ruptura entre los grupos internos que llevaría a la fuga de cuadros o de votos locales hacia otra fuerza política que tenga posibilidades de triunfo; el segundo incluye el triunfo del grupo de Cuauhtémoc Blanco y aliados en la asignación de candidaturas, lo que haría que el partido cargara en lo local con el rechazo ciudadano a la figura del gobernador. En cualquiera de ellos (y en otros que podrían ser más moderados) la simple marca de Morena no hará triunfar a nadie, al contrario de lo que ocurrió en el 2018 y se repitió sin tanto éxito en el 2021.
@martinellito
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