Aún quienes podrían ser los adversarios políticos del alcalde de Cuernavaca, José Luis Urióstegui, lo perciben como un hombre decente, preparado, profesional y, si alguno cree en eso, con muy mala suerte. Al alcalde le tocó recibir una ciudad en la que muchas cosas pendían de un hilo y en los primeros nueve meses de su administración cada uno de esos se ha ido reventando. La red hidráulica y el drenaje están colapsando en sitios donde no se había previsto en estudios previos. Los desastres y accidentes en el paseo ribereño, paredones de barrancas y hasta el Panteón de la Paz eran previsibles debido a la mala planeación y pésima ejecución de las políticas de obras públicas y asentamientos humanos de anteriores administraciones. Y la imposición de grupos de interés particulares sobre la ley y el trazo de políticas públicas
Todo este paquete hace languidecer los esfuerzos del alcalde y su equipo en materia de bacheo, pavimentación, promoción turística y cultural del municipio, reconciliación de la administración con una ciudadanía mucho más exigente, desarrollo económico. El Ayuntamiento de Cuernavaca en 2022 está marcado por las desgracias fuera de toda proporción y en ese sentido, todos los milagros que se quieren colgar a Urióstegui y su gabinete parecen partir de mezquindades. Lo real es que el ayuntamiento de Cuernavaca está enfrentando situaciones de emergencia casi todos los días y ello ha obligado al redireccionamiento de los esfuerzos porque, algo cierto es que nadie podría decir que el alcalde o su gabinete ha abandonado a quienes están en situaciones de desgracia.
Tampoco podría acusarse a la administración de Urióstegui de ser primordialmente reactiva, las propuestas para mejorar los esquemas de recaudación, que volverían más justa la carga impositiva, fueron la primera de las señales de que el ayuntamiento tenía planes para garantizar un futuro viable para la ciudad. Uno más de estos pinceladas se vio ayer que el alcalde anunció su intención de crear, en las arcas municipales, un fondo para atender desastres que sirviera al municipio para enfrentar los daños que la realidad de la ciudad, lluvias, asentamientos humanos irregulares, sismicidad, entre otros, provocan a los habitantes y sus bienes. No es un asunto menor, pues requiere del establecimiento de reglas de operación, mecanismos de transparencia, sistema de agilización de trámites y, por supuesto, la aprobación primero del Cabildo y luego del Congreso del Estado. Pero frente a los mínimos recursos y enorme lentitud de los fondos de atención a desastres del gobierno estatal, y la prácticamente nula atención del gobierno federal a las catástrofes que desde el centro se consideran pequeñas, el que el municipio programe una reserva de recursos para situaciones de emergencia es parcialmente tranquilizador.
Claro que por más recursos que reservaran las pobres finanzas del Ayuntamiento de Cuernavaca, aún con el incremento en recaudación que podría darse en el 2023, la cantidad de recursos que podría reservar el alcalde Urióstegui para un fondo de contingencias es realmente escasa ante el tamaño de los daños que, acumulados en estos nueve meses superan los cincuenta millones de pesos; sin sumar los pequeños daños a la infraestructura en muchas partes de la ciudad provocados por las tormentas que generaron deslaves de mayor consideración en espacios específicos. Para el 2022, el gobierno municipal ejerce un presupuesto de mil 470 millones 579 mil 893 pesos, de los que destina casi mil 300 millones a gasto corriente, más de 103 millones a amortización de la deuda y pago de pasivos y poco menos de 68 millones de pesos en gasto de capital. La atención a sólo los desastres de los primeros ocho meses del 2022 significaría usar el 73.5% del gasto de capital programado para Cuernavaca por el Ayuntamiento. Para contar con un fondo de desastres, la recaudación del municipio tendría que incrementarse de forma importante, porque no parece que haya forma de recortar más los gastos del municipio.
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