Incremento en los índices de violencia, aumento en los indicadores de delitos especialmente contra mujeres, incertidumbre presupuestal, quiebra de los municipios, aumento del encono entre grupos políticos, déficit en la generación de empleo, aumento en la pobreza general y la laboral, descrédito casi absoluto de la clase política, y los etcéteras que el lector quisiera sumar son el retrato del Morelos que los grupos de poder (todos) han convertido en su arena. La batalla campal entre los actores políticos, azuzada desde medios de comunicación y redes sociales parece mucho más espectacular y especular cuando se practica en recintos cerrados, como el Congreso del Estado, cuyo salón de plenos se convirtió el miércoles en una pequeña muestra de todo lo que está mal en el estado.
El objetivo, siempre, es aparentar que la gente los odia menos que al rival político; a lo mejor porque eso del amor está sobrevaluado y porque hace mucho que los morelenses no tienen un liderazgo que les despierte por lo menos un poco de afecto. Para ello, por supuesto hay que contar con lo que podríamos llamar una antiporra (nos explicamos, antes los políticos cargaban hasta con banda de viento y cada declaración que hacían era acompañada por compases de la Marcha de Zacatecas, aplausos y alguna porra; la práctica poco a poco fue descuidada y erosionó hasta derivar en la que llamamos antiporra, un grupo reunido para abuchear al rival y catalizar los odios de alguno de los sectores, o de toda la sociedad, contra el sujeto a quien se considera adversario). La antiporra puede integrarse con subordinados varios, familiares, beneficiarios de contratos públicos y así. Son diferentes a las manifestaciones, por cierto, en torno a que en éstas participan regularmente los afectados por acciones u omisiones de algún poder público; las antiporras están formadas por un grupo con interés político, no están enojadas (como las manifestaciones) tienen un cálculo. Por supuesto que las antiporras aplauden a quien las convoca, pero su principal función es increpar a los presuntos adversarios.
Así que en el acto político del año, la comparecencia de tres funcionarios ligados directamente con la seguridad pública en crisis, las antiporras tuvieron que estar; particularmente porque los convocados a explicar las razones del aumento de feminicidios y todo lo demás, pertenecen a grupos políticos adversarios: el fiscal, Uriel Carmona a uno que ha sido ubicado por el gobernador en el cajón de sus “adversarios”, y el comisionado, José Ortiz Guarneros y el secretario, Samuel Sotelo, al equipo del gobernador. Ésta disposición del acto político cual si fuera un partido de fútbol llanero (porque cracks no tenemos, sinceramente), no es atribuible a la primera administración pública encabezada por un ex futbolista, tiene por lo menos dos décadas, pero poco ha ayudado la llegada de Cuauhtémoc Blanco al poder (probablemente consecuencia de esa degradación de lo político) para mejorar las cosas.
Idealmente, el acto de comparecencia debía servir para: 1) aclarar las dudas sobre la presunta ineficiencia de la Fiscalía en la investigación de los feminicidios y más ampliamente, de todos los delitos; 2) explicar las fallas del Ejecutivo que han permitido el aumento de los crímenes en general y la violencia contra las mujeres en particular; 3) permitir a los comparecientes hacer peticiones al Congreso en materia presupuestal y legislativa para lograr mayor eficiencia en sus funciones; 4) ofrecer, desde el Legislativo, alguna seguridad a la sociedad de que las cosas irán mejor. En términos de las explicaciones poco hubo de nuevo, el caso de Ariadna Fernanda, que por su alcance mediático tanto preocupa a la clase política, ha sido profusamente revisado, Uriel Carmona dijo básicamente lo mismo que ha repetido en cada oportunidad; en términos de las fallas del Ejecutivo se escucharon las mismas justificaciones de siempre hay quienes piensan que el comisionado pudo mandar una grabación; el secretario de Gobierno no aclaró lo suficiente, por cierto, su nivel de responsabilidad en materia de seguridad pública en el gabinete de Cuauhtémoc Blanco, la que remitió al comisionado. Nadie quedó más tranquilo, por cierto. Los objetivos sociales de la comparecencia no se cumplieron.
Eso sí, las antiporras se descuajaron, cualquiera que haya sido la recompensa prometida, la habrán ganado.
¿Y las víctimas?
@martinellito
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