El Dr. Mario Molina es el único mexicano galardonado con un Premio Nobel en ciencia. Egresado de la Facultad de Química de la UNAM, migró muy joven a Estados Unidos donde se especializó en química de la atmósfera. Durante los 50 años de su carrera, el Dr. Molina hizo dos contribuciones de enorme importancia para la humanidad, una muy al principio y otra al final.
Corría el año de 1974 cuando en colaboración con Sherwood Rowland escribieron el artículo “Predicción de abundancias actuales de especies cloradas en la estratosfera originadas a partir de la fotodisociación de tetracloruro de carbono”, investigación que por su impacto posterior les mereció el Premio Nobel de Química en 1995.
El tetracloruro de carbono es un compuesto artificial muy utilizado desde principios del siglo XX como extinguidor de fuego. Lentamente, la totalidad de este compuesto se dispersaba en la atmósfera hasta acumularse en la estratósfera, una delgada capa que recubre al planeta a 50 kilómetros de altura y que, gracias a la presencia de ozono, bloquea la mayor parte de la luz ultravioleta que recibimos. El ozono es una forma química del oxígeno compuesta por tres átomos en lugar de los dos que componen la forma que respiramos.
La luz ultravioleta es más energética que la luz visible y se ha demostrado que personas expuestas a esta radiación desarrollan cáncer de piel por el daño que genera en el material genético de las células localizadas en las capas externas de nuestro cuerpo.
Inmediatamente después de este primer artículo, la dupla Rowland-Molina demostró que lo mismo ocurría con los clorofluorocarbones, otra familia de compuestos químicamente relacionada con la anterior y ampliamente utilizada como refrigerantes y propelentes de sprays en lata. Conocidos coloquialmente como freones, estos compuestos llegaron a representar un negocio valuado en 500 millones de dólares anuales.
La reacción de una sola molécula de estos compuestos con el ozono de la estratósfera genera productos que a su vez reaccionan con otras moléculas de ozono y así sucesivamente. Esta dinámica se conoce como reacción en cadena y se predijo que, de no detenerse, llevaría a la completa destrucción del ozono en la capa, elevando de manera impredecible el riesgo de cáncer de piel por exposición directa de las personas a la luz ultravioleta.
Ante la importancia de estos descubrimientos, la comunidad científica comenzó en 1975 una intensa campaña de concientización pero tuvieron que pasar 10 años hasta que otros investigadores demostraron que, tal como habían previsto Rowland y Molina, la capa de ozono se estaba adelgazando en los polos hasta prácticamente desaparecer, concepto que se popularizó como el hoyo de ozono.
Sin embargo, no fue si no hasta 1998 y muy probablemente gracias a la visibilidad que les confirió el Premio Nobel, que se tomaron medidas para reducir gradualmente la utilización de freones como refrigerantes con el compromiso de sustituirlos totalmente para 2020. De esta manera se espera que para finales de este siglo la concentración de ozono en la estratósfera se haya restablecido completamente.
De esta historia podemos recuperar dos mensajes, el primero consiste en reconocer la importancia de la investigación científica básica o fundamental y la necesidad que los gobiernos inviertan en su desarrollo. El segundo es la necesidad de visibilizar la dificultad que existe para que lo gobernantes reaccionen ante la evidencia científica, retrasando los beneficios de su aplicación.
Interesantemente, esta historia se repitió en 2020 con otro descubrimiento del Dr. Molina, pero ese es material para la siguiente columna.
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