La palabra no solo tiene un valor semántico también posee una acepción simbólica en relación a la interpretación que puede adquirir. Normalmente una colectividad no sólo fija el significado sino que también imprime en él un valor social.
Por supuesto, el significado de una palabra puede variar en ciertos aspectos, pero en el sentido sustancial permanece con la misma referencia. En realidad, lo que verdaderamente cambia es el valor que el individuo o la colectividad le asigna. Por ejemplo, en la antigua Grecia la valentía de una persona no era un atributo de bravura como hoy lo asociamos a los héroes, sino a la capacidad de un individuo de salir de los intereses de la vida privada y entrar a la esfera pública.
A la racionalidad que la colectividad comparte para acordar los valores, convencionalismos y prácticas en una sociedad Habermas lo estructura como mundo-de-vida. Este es argumentable en el sentido en que puede criticarse y cambiar según las pretensiones que se sostengan sobre lo que es verdad. Un ejemplo puede ser el valor moral y social de la fidelidad, que no es el mismo en estados occidentales que en países del mundo arabe. Así se acordó en tal o cual lugar.
El punto delicado de este proceso es cuando conceptos que sirven para crear una convivencia más viable y pacífica se trucan adrede hasta cambiar por completo su valor. La tolerancia y la igualdad son conceptos que han cambiado drásticamente en la sociedad con el propósito de crear comunidades dóciles y fácilmente manipulables.
Este proceso es sumamente tácito y debido a su inmersión en la cotidianidad pasa desapercibido. Es usual observar tanto en discursos políticos como en la vida diaria el desacreditamiento sobre acciones, incluso omisiones, hasta el punto de crear un sentido contrario a lo que estos valores sostienen. Y es aún más difícil lidiar con esto porque se anclan colectivamente y adquieren una normalidad. Tanto es así que la igualdad de las mujeres y la comunidad LGTB sigue incomodando a muchos.
No obstante, y pese a la insistencia de proseguir con tales prácticas es posible generar resistencia a dichos procesos. No es casualidad que los movimientos sociales sean tan insistentes en el uso del lenguaje como forma de transformación. Las palabras tienen la capacidad de crear y modificar la realidad según sean utilizadas.
El ejemplo mayor es el concepto de democracia, que durante muchos siglos fue sinónimo de corrupción, aunque durante el último siglo ha sido el proceso que generó mayor igualdad y libertad para las personas; aún así, la palabra sigue generando un debate sobre la peor y más nociva forma de gobierno hasta desacreditarla.