El director de los Servicios de Salud Morelos, Héctor Barón Olivares, no parece entender la magnitud del problema en que está metido, no por él mismo, sino por la colección de rezagos, malas decisiones, descuidos, ineptitudes, que padecen las unidades médicas y hospitalarias y se agravan por los yerros y omisiones cometidas desde los ministerios de salud federal y estatal. Si el médico captara el tamaño de la crisis en el sector salud probablemente trataría la enfermedad grave que padece, y no se concentraría (cual médico del IMSS) en enfrentar algunos de los síntomas.
Queda claro para todos que el problema no es que el Hospital José G. Parres tenga elevadores descompuestos, que la infraestructura de salud sea insuficiente y poco adecuada, que falte personal especializado en las áreas médicas, que falten fármacos para surtir la demanda, o toda esa colección de fallas; lo verdaderamente preocupante es la pésima calidad del servicio que se ofrece a los morelenses no afiliados al IMSS o ISSSTE (que tampoco son tan buenos) en las unidades dependientes de los Servicios de Salud Morelos, del que todos los detalles anteriores son síntomas; y que a su vez es evidencia de una pésima política de atención a la salud.
Las primeras señales de que algo estaba mal en esta administración de la Secretaría de Salud fue el incremento de enfermedades transmitidas por vector que se registró desde el primer año del gobierno de Cuauhtémoc Blanco. Las acciones de combate al dengue se relajaron y el padecimiento repuntó, particularmente en la región oriente del estado; casi simultáneamente se agravó drásticamente el problema del desabasto de medicamentos y material médico. Los tiempos de espera se alargaron, la falta de especialistas ayudó poco en esto. La problemática laboral del sector no comprometió la atención médica, pero sí la distrajo un poco. Vino la pandemia y el índice de letalidad por Covid-19 en Morelos se mantuvo por encima de la media nacional casi durante todo el período crítico. Luego las imágenes de hospitales y centros de salud con goteras, equipo descompuesto, áreas acordonadas, se hicieron populares en las redes sociales.
En este espacio habíamos ya advertido de la larga tradición de políticas de salud más o menos exitosas. El sistema nacional de vacunación funcionaba de manera eficiente, la compra consolidada de medicamentos generaba ahorros y redujo el índice de desabasto, la política de derechos de los pacientes redujo los tiempos de espera, las políticas de salud orientadas a la prevención de enfermedades parecían funcionar (aunque muy lentamente) para mejorar la salud de la población. Cierto que el problema de la baja calidad de atención en las unidades médicas se mantenía, pero había una tendencia de mejora.
En los hechos, los cambios en las políticas de salud han afectado directamente al personal médico y administrativo, y a los usuarios. El problema no se reduce a la falta de recursos, para 2023, los Servicios de Salud Morelos proyectan un presupuesto estatal superior a los mil 600 millones de pesos, según asegura Héctor Barón. Entre las fallas en las políticas públicas y la sospecha de corrupción que se mantiene desde hace más de una década respecto a los Servicios de Salud, ningún dinero alcanzará.
De hecho, la dependencia ejerce, para 2022 de acuerdo con el propio Barón Olivares, más de 3 mil millones de pesos, entre presupuesto estatal y federal. El problema probablemente esté en la forma de administrar esa cantidad, tendría que revisarse.
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