Siguiendo con la historia de la semana pasada, sobre el Centro de Desarrollo Comunitario “Los Chocolates” en la colonia Carolina. Los vecinos estaban felices, pues después de mucho tiempo de organización habían logrado el paso importante en su sueño por construir un espacio comunitario de uso múltiple: habían librado políticos oportunistas y logrado comprar el terreno para poner su proyecto. Inclusive el nuevo gobernador se interesó en ayudarles a construirlo.
Lo que no sabían es que este gobernador no estaba interesado en la opinión de los vecinos. Él tenía una idea propia sobre lo que el espacio comunitario debía ser y con esa excusa y el poder que el puesto otorga, les quitó de las manos a los vecinos el terreno, quienes felices por sentirse atendidos por una autoridad, soltaron el peso del proyecto que habían cargado en sus hombros.
El error fue confiar en las intenciones de un político, como este gobernador que cambió el fin: en vez de ser un espacio de usos múltiples, decidió crear un Centro de Desarrollo, “Un espacio cultural interdisciplinario” como se jacta de ser este lugar en su propia página de Facebook, y peor aún administrado por el gobierno. Los vecinos querían un espacio para jugar futbol, administrado por ellos mismos para evitar la poco eficiente organización del gobierno, pero rápidamente se convirtió en el proyectito mascota del gobernador que sin haber pasado más de un par de horas en la colonia, decidió que sabía lo que necesitaba la colonia. Así se construyó este centro.
Los Chocolates tiene una construcción de concreto moderna, con dos pisos y muchos salones. Además de grandes ventanas que dejan entrar la luz, una biblioteca, una especie de auditorio al aire libre y un pequeño jardín. Pero lo que no tiene es espacio para jugar futbol. Yo no dudo de la gran capacidad que tiene el centro para abonar al desarrollo de la comunidad. Quiero pensar que la gente que lo administra, a pesar de los límites de presupuesto y personal, tiene las mejores intenciones. Pero eso no fue lo que la comunidad quería. La comunidad quería donde jugar futbol, no un salón que se llama Biblioteca, pero no tiene dinero para comprar libros.
Si alguna vez le mandaste carta a los Reyes Magos pidiendo un juguete, pero a la hora de la hora te regalaban ropita que porque “los Reyes sabían que la necesitabas más que un juguete” entonces entiendes la decepción que este Centro significó para la comunidad. En aras de cumplir con una imagen de desarrollo cultural y saldar alguna deuda política con el contrato de obra, le echaron a perder el espacio a la comunidad. Hoy el Centro ofrece algunos talleres (que no pidió la comunidad) organiza actividades (sin la participación de la comunidad) y da trabajo (que no se queda en la comunidad). Lo que no hay es espacio para jugar futbol.
Qué idea de desarrollo podemos tener, si no pasa por su definición la participación de la sociedad en ella. Y cuando digo “participación” me refiero a inclusión de los vecinos en la toma de decisiones sobre qué hacer en el espacio más cercano a sus vidas. Hoy en día, Los Chocolates es definido por los mismos vecinos como el “Elefante Blanco”, una enorme obra pública para la colonia, que ellos no pidieron, pero se les dio a cambio de lo que si pidieron.
El desarrollo, que tanto pregona el nombre completo de los Chocolates, es un proceso en que hace falta involucrar a todas las partes: gobierno, sociedad, capital. Las consecuencias de no hacerlo son las que vivimos hoy en nuestras ciudades: crecimiento económico para unos, pobreza para la mayoría. El mar de desigualdad sigue creciendo porque no tenemos la capacidad de organizarnos para tomar las decisiones públicas. El CDC Los Chocolates es un espacio de primera, muy bonito y con enorme potencial. Pero para que se logre su objetivo de desarrollar la comunidad, hay que hacer parte a la comunidad.